Soy desarrollador y papá de un niño autista.
Conozco las preguntas que se quedan sin respuesta: ¿tiene hambre?, ¿le duele algo?, ¿qué me quiere decir? Nosotros también pasamos por ahí, y sé lo que pesan. Pero conozco algo todavía más grande: detrás de esas preguntas hay un niño con muchísimo que decir.
Un día entendí que a mi hijo no le faltaban cosas que decir. Le faltaba con qué decirlas.
No esperé a que alguien hiciera la herramienta. La construí con lo que sé hacer y con todo lo que he aprendido a su lado. Cada decisión de Enali sale de ahí: comunicarse es gratis para siempre; funciona sin internet, porque un niño no puede esperar al wifi para decir «me duele»; y nada en la app lo regaña, porque intentarlo ya es avanzar.
Y como aprender también es jugar, hoy trae juegos que trabajan lo mismo que se trabaja en terapia: pedir, oír la diferencia entre dos sonidos, unir sílabas, contar, cambiar de regla.
Enali empezó como la voz de mi hijo. Hoy quiero que sea la de cada niño que todavía está buscando la suya.